Las naranjas son redondas y sutiles las fronteras.
Olvidemos los relojes y los calendarios,
echemos al fuego
todos los manuales,
golpeemos hasta destrozarla cualquier
máquina de medición,
toda regla, el metro exacto,
el kilo, la campana, el astrolabio,
desliguemos en sus vértices
los cartabones,
las escuadras, tricemos mapas,
la Enciclopedia Británica, el Reader's Digets,
el Larousse,
zapeemos todos los programas de la Dos, profanemos la tumba de Gutenberg,
la de Copérnico, la de Colón,
y salgamos luego a la plaza, al monte,
a la playa, tendámonos bajo el cielo, preferentemente abrazados, mirémoslo.
Y sepamos entonces, a ver,
pensemos, calculemos en qué concreto punto termina cada invierno,
el lunes, el domingo,
el castigo, el perdón,
el almuerzo, el dolor, la pastilla,
la resaca, la pleamar, el absentismo,
la cerrazón,
la sinrazón,
la absolución,
la abolición,
el desconsuelo, la orfandad,
el deseo, la hermandad,
el recuerdo del olvido,
lo caliente de lo frío,
la mar y el río,
lo que es amor y no.
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