domingo, 29 de junio de 2025

 Yo sé que estás ahí,
como el murciélago en su cueva,
como el molusco está en su concha.
Y sé que aún me acechas,
esperando paciente mi descuido.

Yo vivo mientras tanto ajeno a tu presencia.
Me entretengo en el viento, 
en las ondas que traza 
en las blandas arterias de mi higuera; 
en la tinta y el verso; 
en el vino verdejo, 
o en la hilera de hormigas laboriosas.

Ya sé que es una tregua lo que a veces me tomo por victoria.
Y sé que estás herida en tu orgullo de fiera dominante.

Cuántas veces pudiste aniquilarme, 
cuántas veces me tuve por vencido, 
no tanto por tu fuerza, 
sino por tu constante empeño 
en transformar en humo 
cualquiera de mis sueños 
si osara tomar forma: 
mi anhelo de estudiante, 
un oficio discreto de maestro de escuela 
en un pequeño pueblo, 
por darte algún ejemplo. 

En cambio me cambiaste por muñeco pelele en un mundo de fieras, 
allí donde lo ingrato 
tomaban por escudo en su bandera.

Aunque tú me persigues desde siempre. 
Me recuerdo de niño, 
llorando en la almohada sin saber el motivo. Me recuerdo solitario y uraño, 
tal el que sin saberlo, futuro inexorable dictaba en sus presagios.

Y así fue. Así vivo, 
amarrado de lleno y desde entonces 
a tu ingrata labor 
de expulsarme la gracia y para siempre 
de un vivir festejando día tras día 
el enorme milagro de estar vivo.

Mas nunca te elegí, sino que fui elegido. 
Y aún hoy no te elijo, sino que sin remedio, amarrado de lleno como digo 
a tu hiriente colmillo de sierpe traicionera, 
en momentos cruciales y fugaces, 
ignoro tu presencia como si no existieras, 
tal si nunca te hubiese conocido.

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