Tú, mar de la alegría,
dime por qué te adentras
en este río de tristeza.
¿Quizás como el castor con su presa
amorosamente frenas, prolongas
mi existencia?
Jamás atravesé Praga,
Budapest ni Salamanca;
en mí nunca se miró Triana;
no surcaron mis aguas
canoas yanomamis
ni falúas comerciantes
llevé a lomos entre arenas y pirámides;
en mis orillas no se fundó
Roma alguna
ni que dividirme tuve
por respetar Notre Dame.
Bien es cierto que
por este río que tú imaginas río
una vez pasó un río, endeble,
pero de los de verdad, fresco y alegre,
andaluz, serrano, muy sencillo,
que hoy sólo muestra fósiles,
sequedad, «pitas agrias»,
y muy húmeda añoranza.
Añoranza que tú empapas dulcemente
de delicadas palabras,
palabras como olas,
olas que son palabras.
miércoles, 11 de septiembre de 2019
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