Ashia fuera de chocolate y menta.
Ojillos de café, rizos de selva.
Colina donde el sol naciese un día.
El eco del tam-tam en la pradera.
Ashia espantaría todas las fieras,
las tretas del espíritu maligno.
Maestra del caldero y el ungüento.
Ligera en la danza como gacela.
Pulcra la piel de arena del desierto.
La alegría en un canasto de juncos.
Vegetal caminando por la tierra.
Su corazón de la mejor arcilla.
Susurro al raso de brisa y de fuego,
así sería su voz, la de la noche.
De ideas claras, limpias, alumbradas,
igual que las estrellas en el cielo.
La luz para el hogar cuando el ocaso.
La que prolongaría larga estirpe.
La sangre de su sangre por el tiempo.
Su bastón, la mano del primer nieto.
Ashia no conoció el amanecer.
No supo de la luna ni del viento.
No alcanzó la doble cima del pecho.
No supo del abrazo, ni del beso.
Víctima del horror y el sinsentido
en las profundidades del Estrecho.
sábado, 3 de agosto de 2019
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